¿Qué es el ego?

Una pregunta que parece sencilla, hasta que intentas descubrir quién eres sin él.

Todos hemos escuchado hablar del ego.

A veces lo relacionamos con el orgullo, la arrogancia o la necesidad de sentirnos superiores. Otras veces lo utilizamos para describir a alguien que necesita reconocimiento, tener la razón o controlar lo que sucede a su alrededor.

Pero ¿y si el ego fuera algo mucho más profundo?

¿Y si no fuera solamente una característica de nuestra personalidad, sino una manera de interpretar la realidad?

El ego no siempre se presenta como creemos


El ego no necesita decirte: “Yo soy el ego”.

Puede aparecer de formas mucho más sutiles.

En la necesidad de demostrar que tienes razón.
En el miedo a perder aquello que consideras tuyo.
En la necesidad de controlar lo que ocurre.
En la comparación constante con los demás.
En aquello que esperas que los demás piensen de ti.

Incluso puede aparecer cuando intentas convertirte en una persona diferente porque consideras que quien eres ahora no es suficiente.

Y aquí comienza una pregunta más profunda:

¿Quién decide qué debería ser yo?

El ego necesita una historia

Para sentirse alguien, el ego necesita construir una historia.

Una historia hecha de recuerdos, experiencias, opiniones, logros, fracasos, heridas, deseos y expectativas.

Con el tiempo comenzamos a decir: “esto me pasó”, “esto soy”, “así soy yo”, “yo nunca podría hacer eso” o “yo siempre he sido así”.

Y sin darnos cuenta, aquello que simplemente ocurrió comienza a convertirse en una identidad.

El pasado deja entonces de ser solamente algo que sucedió y empieza a convertirse en una explicación de quién creemos ser.

Pero hay algo que quizá nunca nos hemos preguntado:

¿La historia que tengo sobre mí mismo describe realmente quién soy, o solamente describe aquello que he aprendido a creer sobre mí?

Si puedes observar tu historia, recordar tus pensamientos y cuestionar tus propias creencias, entonces aparece una posibilidad inquietante:

quizá tú no seas la historia que has estado contando.


La prisión no siempre se siente como una prisión

Una prisión puede tener barrotes. Pero también puede construirse con pensamientos.

Puede aparecer cuando una persona cree que no puede cambiar, que siempre ha sido así o que las circunstancias determinan inevitablemente su vida.

Mientras más creemos en esa identidad, más comenzamos a actuar de acuerdo con ella.

Y entonces sucede algo curioso: dejamos de cuestionar nuestras propias limitaciones porque ya forman parte de la imagen que tenemos de nosotros mismos.

El ego no necesita mantenernos encerrados por la fuerza.

 

Le basta con convencernos de que la puerta nunca estuvo abierta.

¿Y si el problema no fuera lo que piensas, sino quién está pensando?

Pensamos constantemente. La mente produce recuerdos, juicios, interpretaciones, comparaciones y expectativas casi sin detenerse.

Pero normalmente damos por hecho que esos pensamientos somos nosotros.

Si aparece un pensamiento que dice “no puedo”, fácilmente lo convertimos en una verdad. Si aparece otro que dice “debo demostrarlo”, actuamos desde él. Si aparece miedo, creemos que debemos obedecerlo.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre tener un pensamiento y ser ese pensamiento.

Puedes observar lo que estás pensando.

Puedes darte cuenta de que estás sintiendo miedo.

Puedes reconocer una creencia que llevas años sosteniendo.

Y si puedes observar todo eso, entonces aparece una pregunta que cambia completamente la investigación:

¿Quién es el que observa?

Tal vez comprender el ego no consista en destruirlo ni en luchar contra él.

Tal vez consista, primero, en dejar de confundirlo con quien realmente eres.

Observar al ego cambia la relación con él

Mientras creemos que somos aquello que pensamos, sentimos y defendemos, el ego parece ser nuestra identidad.

Pero cuando comenzamos a observar nuestros pensamientos sin identificarnos completamente con ellos, algo empieza a cambiar.

Ya no se trata de luchar contra el ego ni de intentar eliminarlo.

Se trata de comprender cómo funciona, qué necesita, qué teme y qué historias utiliza para mantener la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Observar no significa juzgar.

Significa comenzar a ver.

¿Qué ocurre cuando puedes observar un pensamiento sin tener que obedecerlo?

 

¿Qué ocurre cuando puedes observar un pensamiento sin tener que obedecerlo?

Durante gran parte de nuestra vida creemos que nuestros pensamientos simplemente aparecen y que nosotros somos quienes los pensamos.

Pero existe una diferencia entre tener un pensamiento y creer que ese pensamiento es verdad.

Cuando comienzas a observar lo que ocurre en tu mente, puedes descubrir algo inesperado: muchos de tus pensamientos siguen patrones que aprendiste mucho antes de cuestionarlos.

Ideas sobre quién eres, lo que mereces, lo que puedes conseguir, lo que debes evitar y lo que debería suceder.

Y mientras no los observes, esos pensamientos pueden parecer simplemente “la realidad”.

Observarlos crea un pequeño espacio entre lo que piensas y la decisión que tomas.

Y en ese espacio comienza la posibilidad de elegir de otra manera.

No todo pensamiento que aparece en tu mente necesita convertirse en una decisión.

Pero si nuestros pensamientos siguen patrones, entonces aparece una pregunta todavía más profunda:

¿De dónde vienen esos patrones y cómo llegan a determinar la manera en que experimentamos nuestra vida?

Aquí comienza nuestra siguiente investigación:


Comprender el ego no significa destruirlo

Pero si nuestros pensamientos siguen patrones, entonces aparece una pregunta todavía más profunda:

¿De dónde vienen esos patrones y cómo llegan a determinar la manera en que experimentamos nuestra vida?

Aquí comienza nuestra siguiente investigación:

 

¿Qué son los sistemas de pensamiento?