¿Qué son los sistemas de pensamiento?
Durante gran parte de nuestra vida creemos que pensamos libremente. Que nuestras ideas aparecen en nuestra mente y que nosotros simplemente decidimos qué hacer con ellas.
Pero cuando comenzamos a observar nuestros pensamientos con atención, descubrimos algo diferente.
Muchas de nuestras ideas, reacciones y decisiones siguen patrones que aprendimos mucho antes de comenzar a cuestionarlos.
No pensamos desde cero
Cada pensamiento que aparece en nuestra mente parece pertenecer al momento presente, pero en realidad muchos de ellos tienen una historia.
Aprendimos determinadas formas de interpretar lo que ocurre. Aprendimos qué significa tener éxito, qué significa fracasar, qué debemos temer, qué debemos desear y cómo deberíamos comportarnos.
Con el tiempo, esas ideas dejan de sentirse como algo aprendido y comienzan a sentirse como algo natural.
Ya no pensamos que estamos siguiendo un patrón.
Simplemente creemos que estamos viendo la realidad tal como es.
Los patrones se convierten en una forma de mirar
Crecemos dentro de sistemas de pensamiento que nos enseñan cómo interpretar lo que ocurre.
Aprendemos qué es correcto y qué es incorrecto, qué significa tener éxito, qué significa fracasar, qué debemos buscar y qué debemos evitar.
También aprendemos qué esperar de los demás y qué esperar de nosotros mismos.
Con el tiempo, muchas de estas ideas dejan de parecer ideas.
Se convierten en filtros.
Y esos filtros comienzan a determinar aquello que vemos, aquello que ignoramos y la manera en que interpretamos cada experiencia.
Dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y experimentar algo completamente diferente.
No necesariamente porque la situación sea distinta, sino porque la manera en que cada una la interpreta también lo es.
Y aquí aparece una pregunta fundamental:
¿Estamos viendo la realidad o estamos viendo nuestra interpretación de ella?
El pensamiento no aparece solo
Muchas veces creemos que nuestros pensamientos aparecen de manera espontánea.
Pero si observamos con atención, podemos descubrir que gran parte de lo que pensamos tiene un origen.
Una experiencia, una enseñanza, una creencia, un miedo, una expectativa o una interpretación anterior pueden convertirse en la base desde la cual volvemos a pensar.
Así se construye un sistema de pensamiento: una red de ideas que se relacionan entre sí y que, con el tiempo, comienza a parecer simplemente nuestra manera de ver las cosas.
No tenemos que recordar conscientemente de dónde viene cada pensamiento para que ese sistema siga funcionando.
El sistema ya está operando antes de que nos demos cuenta de él.
El sistema comienza a decidir por nosotros
Cuando un sistema de pensamiento se repite durante mucho tiempo, deja de sentirse como una elección.
Comenzamos a reaccionar automáticamente ante determinadas situaciones.
Algo ocurre y sentimos miedo.
Alguien dice algo y nos sentimos atacados.
Una oportunidad aparece y pensamos que no somos capaces.
Una pérdida sucede y creemos que nunca podremos recuperarnos.
La situación ocurre primero.
Pero la interpretación que hacemos de ella determina gran parte de lo que experimentamos después.
No reaccionamos solamente ante lo que ocurre. Reaccionamos ante lo que creemos que significa lo que ocurre.
Y cuando esa interpretación se repite una y otra vez, termina convirtiéndose en un patrón.
El patrón parece automático.
Pero antes de ser automático, fue aprendido.
Cuando el patrón se convierte en decisión
Una vez que un patrón de pensamiento está establecido, ya no necesita presentarse como una idea.
Puede aparecer como una reacción.
Como una sensación.
Como una certeza.
Incluso como una decisión que parece completamente nuestra.
Sin embargo, antes de decidir, ya hemos interpretado.
Y antes de interpretar, ya estamos utilizando un sistema de pensamiento.
Por eso muchas veces creemos que estamos eligiendo libremente, cuando en realidad estamos respondiendo desde aquello que hemos aprendido a considerar verdadero.
La decisión puede ser consciente. El sistema que la condiciona puede no serlo.
Y aquí aparece una pregunta que nos lleva todavía más profundo:
¿Cuánto de lo que llamamos elección es realmente una elección?
Observar cambia la relación con el pensamiento
Mientras un pensamiento permanece invisible para nosotros, puede parecer una verdad.
Pero cuando comenzamos a observarlo, algo cambia.
Ya no estamos completamente dentro del pensamiento.
Podemos verlo.
Podemos reconocerlo.
Podemos preguntarnos de dónde viene y por qué aparece.
Y esa pequeña distancia es fundamental.
Porque observar un pensamiento no significa luchar contra él, ni intentar eliminarlo.
Significa dejar de confundirlo con nosotros mismos.
El pensamiento puede seguir apareciendo, pero ya no tiene necesariamente que dirigir nuestra respuesta.
Ahí comienza una posibilidad nueva: comprender el sistema en lugar de simplemente obedecerlo.
Pero ¿qué es exactamente un sistema de pensamiento?
Un sistema de pensamiento no es una sola idea.
Es una estructura formada por muchas ideas que se relacionan entre sí.
Algunas de esas ideas las aprendimos de nuestra familia. Otras surgieron de nuestras experiencias, de la educación, de la cultura, de lo que nos ocurrió y de aquello que interpretamos a partir de todo ello.
Con el tiempo, esas ideas comienzan a conectarse.
Una idea puede confirmar otra. Una experiencia puede reforzar una creencia. Un recuerdo puede alimentar un miedo. Y ese miedo puede hacer que interpretemos una nueva situación de la misma manera.
Así se forma una red.
Y cuando esa red se repite durante suficiente tiempo, dejamos de percibirla como un conjunto de ideas.
Comenzamos a percibirla como la realidad.
Por eso un sistema de pensamiento puede ser tan difícil de observar.
No solamente determina lo que pensamos.
También influye en aquello que consideramos posible, imposible, correcto, incorrecto, deseable o peligroso.
No vemos solamente lo que ocurre. Vemos lo que nuestro sistema nos permite reconocer de aquello que ocurre.
El sistema también determina lo que no vemos
Un sistema de pensamiento no solamente nos ayuda a interpretar aquello que ocurre.
También determina aquello a lo que prestamos atención.
Hay cosas que reconocemos inmediatamente porque encajan con lo que creemos. Otras pasan desapercibidas porque no encuentran un lugar dentro de nuestra manera habitual de interpretar la realidad.
Por eso dos personas pueden observar exactamente lo mismo y, sin embargo, construir experiencias completamente diferentes.
No porque una de ellas necesariamente esté viendo la realidad y la otra no.
Sino porque cada una está observando desde un sistema diferente.
El sistema selecciona.
Selecciona aquello que consideramos importante, aquello que creemos posible y aquello que rechazamos antes incluso de examinarlo.
Y cuando esa selección ocurre de manera automática, dejamos de preguntarnos si el sistema desde el cual estamos observando es realmente el que queremos utilizar.
Simplemente pensamos desde él.
Reaccionamos desde él.
Decidimos desde él.
Y aquí comienza a aparecer el verdadero problema.
Porque si nuestras decisiones dependen del sistema de pensamiento desde el cual interpretamos la realidad, entonces quizá el error original no esté en una decisión determinada.
Quizá el error original esté en el sistema de pensamiento que seleccionamos.
El sistema de pensamiento puede convertirse en una identidad
Cuando una manera de interpretar la realidad se repite durante años, puede ocurrir algo todavía más profundo.
Dejamos de decir:
“Yo pienso de esta manera”.
Y comenzamos a decir:
“Yo soy así”.
Parece una diferencia pequeña, pero cambia completamente la relación que tenemos con nuestros pensamientos.
Porque si creemos que un pensamiento es solamente una idea, podemos cuestionarlo.
Pero si creemos que ese pensamiento forma parte de quienes somos, cuestionarlo puede sentirse como cuestionarnos a nosotros mismos.
Entonces defendemos nuestras ideas.
Defendemos nuestras creencias.
Defendemos nuestra manera de interpretar lo que ocurre.
Y muchas veces ni siquiera defendemos una verdad que hayamos comprobado.
Defendemos la identidad que construimos alrededor de ella.
Así, el sistema de pensamiento deja de ser solamente una forma de interpretar la realidad.
Se convierte en una forma de interpretar quiénes creemos que somos.
Y cuando eso ocurre, el ego encuentra una estructura desde la cual puede mantenerse.
Por eso comprender el ego exige ir más allá de observar nuestros comportamientos.
Tenemos que comenzar a observar el sistema desde el cual esos comportamientos adquieren significado.
Cuando el sistema se convierte en “yo”
En ese momento ocurre una transformación silenciosa.
El sistema de pensamiento deja de ser algo que utilizamos para interpretar la realidad y comienza a convertirse en algo que creemos que somos.
Ya no observamos solamente nuestras ideas.
Las defendemos como si defenderlas fuera defendernos a nosotros mismos.
Si alguien cuestiona una creencia, podemos sentir que está cuestionando nuestra identidad.
Si una experiencia contradice aquello que creemos, podemos intentar rechazarla, justificarla o encontrar una explicación que permita conservar nuestra manera habitual de pensar.
De esta forma, el sistema comienza a protegerse a sí mismo.
Y cuanto más tiempo permanece funcionando, más difícil puede resultar reconocer que existe.
No porque sea invisible, sino porque estamos mirando la realidad desde él.
Es parecido a intentar descubrir los lentes que llevamos puestos mientras seguimos mirando a través de ellos.
Por eso el ego puede parecer tan real.
No necesita presentarse como una entidad separada.
Puede manifestarse simplemente como la voz que dice:
“Esto soy yo.”
“Así pienso yo.”
“Así son las cosas.”
Y mientras esas afirmaciones parezcan incuestionables, el sistema continúa funcionando sin que tengamos que elegirlo conscientemente.
Aquí aparece una distinción fundamental: una cosa es tener un sistema de pensamiento y otra muy diferente es creer que somos ese sistema.
Una misma realidad puede producir experiencias diferentes
Imaginemos dos personas frente a una misma situación.
La situación es exactamente la misma.
Sin embargo, cada una puede interpretarla de una manera completamente diferente.
Una puede verla como una amenaza.
La otra puede verla como una oportunidad.
Una puede sentirse víctima de lo ocurrido.
La otra puede preguntarse qué puede aprender de ello.
Una puede reaccionar desde el miedo.
La otra puede responder desde la confianza.
Lo que ocurrió no cambió.
Lo que cambió fue el sistema desde el cual fue interpretado.
Esto nos permite observar algo fundamental.
Nuestra experiencia no depende únicamente de aquello que sucede.
También depende de la interpretación que hacemos de aquello que sucede.
Y esa interpretación no aparece de la nada.
Está relacionada con el sistema de pensamiento que estamos utilizando.
Por eso, cuando una determinada interpretación se repite muchas veces, podemos llegar a creer que esa interpretación es la realidad.
Dejamos de distinguir entre lo que ocurrió y lo que pensamos acerca de lo que ocurrió.
Y esa confusión puede mantener funcionando el mismo sistema durante toda una vida.
La pregunta entonces ya no es solamente qué estamos pensando.
La pregunta comienza a ser: desde qué sistema de pensamiento estamos pensando.
¿Cómo seleccionamos un sistema de pensamiento?
Si nuestra experiencia está influida por el sistema desde el cual interpretamos la realidad, entonces aparece una pregunta inevitable:
¿Cómo llegamos a utilizar un sistema de pensamiento determinado?
Al principio no lo elegimos de manera consciente.
Nacemos dentro de un mundo que ya tiene ideas, valores, creencias, miedos, reglas y formas de interpretar lo que sucede.
Observamos.
Escuchamos.
Aprendemos.
Repetimos.
Y poco a poco comenzamos a construir una manera particular de entender la realidad.
Muchas de las ideas que terminamos considerando propias fueron incorporadas mucho antes de que pudiéramos preguntarnos si realmente queríamos creerlas.
Después, nuestras propias experiencias parecen confirmar aquello que ya hemos aprendido.
Así el sistema se fortalece.
Una experiencia produce una interpretación.
La interpretación refuerza una creencia.
La creencia modifica nuestra manera de observar.
Y aquello que observamos vuelve a confirmar la creencia.
El sistema comienza a cerrarse sobre sí mismo.
Entonces podemos llegar a creer que estamos eligiendo libremente, cuando en realidad muchas de nuestras decisiones están siendo tomadas desde un sistema que aprendimos y que nunca nos detuvimos a observar.
Y aquí aparece una diferencia fundamental:
aprender un sistema no significa haberlo elegido conscientemente.
La verdadera pregunta comienza cuando somos capaces de observarlo y preguntarnos:
¿Este es realmente el sistema desde el cual quiero vivir e interpretar mi experiencia?
Elegir una acción no es lo mismo que elegir desde dónde pensamos
Todos los días tomamos decisiones.
Qué hacer, qué decir, qué aceptar, qué rechazar, hacia dónde ir.
Y normalmente llamamos a todo eso elección.
Pero existe una diferencia que pocas veces observamos.
Una cosa es elegir una acción dentro de un sistema de pensamiento.
Y otra muy diferente es elegir el sistema desde el cual esa acción será interpretada y decidida.
Podemos elegir entre varias opciones y, sin embargo, seguir pensando exactamente desde el mismo sistema.
Podemos cambiar de decisión sin cambiar la estructura que produce nuestras decisiones.
Por eso cambiar una conducta no necesariamente significa haber cambiado la manera de pensar.
Podemos dejar una relación, cambiar de trabajo, mudarnos de ciudad o comenzar una nueva actividad y continuar interpretando nuestra vida desde los mismos miedos, las mismas creencias y los mismos patrones.
Cambió la decisión. El sistema permaneció intacto.
Entonces aparece una pregunta mucho más profunda:
¿Qué tendría que ocurrir para que pudiéramos elegir no solamente qué hacer, sino desde qué sistema de pensamiento queremos decidir?
Esta pregunta nos lleva directamente al problema del libre albedrío.
Porque quizá la libertad no consista solamente en poder escoger entre diferentes opciones.
Quizá la verdadera libertad comience cuando podemos observar el sistema desde el cual estamos escogiendo.
La elección comienza antes de la decisión
Cuando creemos que elegimos, normalmente prestamos atención al momento en que tomamos una decisión.
Pero para entonces ya han ocurrido muchas cosas dentro de nosotros.
Ya hemos interpretado.
Ya hemos comparado.
Ya hemos dado significado a lo que ocurre.
Ya hemos considerado algunas posibilidades y descartado otras.
Y todo eso sucede dentro de un sistema de pensamiento.
Por eso, la decisión que finalmente aparece puede ser solamente el último paso de un proceso que comenzó mucho antes.
El error original consiste en creer que elegimos únicamente la decisión.
Tal vez la elección más importante ocurrió antes:
el sistema de pensamiento desde el cual estamos decidiendo.
Y si esto es así, entonces tenemos que preguntarnos algo todavía más profundo:
¿Qué significa realmente ser libre?
¿Existe el libre albedrío si nuestras decisiones nacen de un sistema que no hemos elegido conscientemente?