¿Qué es el libre albedrío?
¿Realmente elegimos libremente?
Desde pequeños aprendemos que somos libres para elegir.
Elegimos qué hacer, qué decir, qué estudiar, con quién relacionarnos y qué camino seguir.
Y cuando tomamos una decisión, normalmente sentimos que somos nosotros quienes la hemos elegido.
Parece algo evidente.
Sin embargo, si observamos con mayor atención el proceso que ocurre antes de cada decisión, aparece una pregunta que no resulta tan sencilla.
¿De dónde nace realmente una elección?
Antes de decidir, ya estamos interpretando aquello que ocurre.
Ya tenemos preferencias.
Ya existen cosas que deseamos y cosas que rechazamos.
Ya hemos aprendido qué consideramos bueno, malo, correcto, peligroso, deseable o imposible.
Incluso antes de pensar conscientemente en una decisión, nuestro sistema de pensamiento ya está participando en ella.
Entonces podemos preguntarnos:
¿Elegimos libremente nuestras decisiones o elegimos desde aquello que hemos aprendido a considerar verdadero?
Tener opciones no significa necesariamente ser libre
Podemos tener varias opciones frente a nosotros y sentir que somos completamente libres para escoger.
Podemos elegir entre quedarnos o irnos.
Aceptar o rechazar.
Hablar o permanecer en silencio.
Avanzar o retroceder.
Pero tener opciones no nos dice todavía desde dónde estamos eligiendo.
Imaginemos que una persona tiene diez caminos posibles frente a ella.
En apariencia tiene diez posibilidades.
Sin embargo, si nueve de esos caminos le resultan impensables porque su sistema de pensamiento le dice que son peligrosos, incorrectos o imposibles, su experiencia real de elección es muy diferente.
Las opciones existen.
Pero su sistema determina cuáles puede reconocer como posibles.
Y aquí aparece algo todavía más profundo:
No solamente elegimos entre las posibilidades que vemos.
Primero, nuestro sistema de pensamiento determina qué posibilidades somos capaces de ver.
Por eso podemos sentir que somos libres mientras elegimos entre varias opciones, sin darnos cuenta de que las opciones mismas ya fueron filtradas por aquello que creemos.
El problema entonces no está solamente en la decisión.
Está también en aquello que determina el campo dentro del cual creemos que podemos decidir.
¿De qué sirve tener libertad para elegir si solamente podemos elegir aquello que nuestro sistema nos permite considerar posible?
¿Podemos elegir aquello que condiciona nuestras elecciones?
Si nuestro sistema de pensamiento determina qué posibilidades reconocemos, entonces parece existir una dificultad.
Para elegir algo diferente, primero tendríamos que ser capaces de verlo como una posibilidad.
Pero si nuestro propio sistema determina aquello que podemos ver, ¿cómo podemos salir de sus límites?
La respuesta comienza con algo aparentemente sencillo:
observar.
Cuando observamos nuestros pensamientos, nuestras reacciones y nuestras creencias, dejamos de estar completamente identificados con ellos.
Podemos comenzar a reconocer aquello que antes parecía simplemente “la realidad”.
Podemos descubrir que una reacción automática tenía un origen.
Que un miedo tenía una historia.
Que una certeza era una interpretación.
Que una limitación podía haber sido aprendida.
Y entonces aparece algo nuevo.
La posibilidad de cuestionar aquello que antes simplemente obedecíamos.
Esto no significa que podamos cambiar inmediatamente todo lo que pensamos.
Significa algo más fundamental:
podemos comenzar a observar el sistema que participa en nuestras decisiones.
Y cuando podemos observarlo, aparece por primera vez una distancia entre nosotros y aquello que nos condiciona.
En esa distancia comienza una posibilidad que antes parecía inexistente:
elegir de manera diferente.
Pero aquí surge una pregunta todavía más profunda:
¿Es esa posibilidad de elegir diferente lo que realmente llamamos libre albedrío?
¿Qué significa realmente ser libre?
Si podemos observar nuestros pensamientos y reconocer aquello que condiciona nuestras decisiones, entonces aparece una posibilidad nueva.
Podemos detenernos.
Podemos cuestionar.
Podemos considerar una alternativa que antes ni siquiera éramos capaces de reconocer.
Pero debemos hacer una distinción importante.
Ser capaz de elegir diferente no significa necesariamente haber elegido libremente.
Porque todavía podemos estar eligiendo desde otro sistema que también aprendimos.
Podemos cambiar una creencia por otra.
Cambiar un miedo por una esperanza.
Cambiar una reacción por otra.
Y continuar creyendo que somos completamente libres simplemente porque ahora nuestra respuesta es diferente.
Entonces la pregunta se vuelve todavía más profunda.
¿La libertad consiste en poder cambiar de respuesta o consiste en poder elegir conscientemente desde dónde estamos respondiendo?
Quizá el libre albedrío no tenga que ver solamente con la cantidad de opciones que tenemos.
Quizá tenga que ver con nuestra capacidad para observar aquello que condiciona la elección.
Porque solamente cuando podemos ver el sistema que está participando en nuestra decisión podemos comenzar a preguntarnos si queremos seguir respondiendo desde él.
La libertad comienza cuando dejamos de confundir nuestra elección con el condicionamiento que la produce.
¿Quién es realmente el que elige?
Cuando tomamos una decisión, normalmente pensamos que existe un “yo” que observa las posibilidades y finalmente decide cuál tomar.
Parece sencillo:
yo pienso → yo elijo → yo actúo.
Pero después de todo lo que hemos observado, esa explicación ya no parece suficiente.
Si mis preferencias fueron aprendidas, si mis miedos tienen una historia, si mis creencias fueron construidas y si mi manera de interpretar la realidad depende de un sistema de pensamiento, entonces aparece una pregunta inevitable:
¿Quién es ese “yo” que está eligiendo?
Porque si aquello desde lo que decido fue aprendido, quizá muchas de mis decisiones no comienzan realmente en el momento en que creo estar eligiendo.
Ya existen dentro de mí ideas sobre lo que quiero.
Ya existen ideas sobre lo que debo hacer.
Ya existen ideas sobre lo que puedo o no puedo hacer.
Y esas ideas participan en la decisión antes de que yo sea consciente de ellas.
Entonces quizá el problema no sea descubrir qué opción elegimos.
Quizá primero necesitamos comprender quién está eligiendo y desde qué sistema está eligiendo.
Porque no es lo mismo elegir conscientemente que simplemente obedecer un proceso que ocurre dentro de nosotros.
Y aquí aparece una distinción fundamental:
¿Somos nosotros quienes utilizamos nuestros pensamientos, o son nuestros pensamientos quienes determinan quién creemos ser?
Creer que elegimos no es lo mismo que ser conscientes de cómo elegimos
Podemos tomar una decisión y sentir que somos completamente libres.
Pero sentir libertad y comprender el proceso que produjo nuestra decisión son cosas diferentes.
Una persona puede decir:
“Yo elegí esto porque quise.”
Y probablemente lo diga con absoluta sinceridad.
Sin embargo, todavía podemos preguntar:
¿Por qué quiso eso?
¿Por qué esa opción le pareció mejor que las demás?
¿Qué experiencias influyeron en esa preferencia?
¿Qué creencias hicieron que esa posibilidad pareciera correcta?
¿Qué miedos hicieron que otras posibilidades fueran descartadas?
Cuando comenzamos a observar estas preguntas, descubrimos que una decisión no aparece aislada.
La decisión tiene un contexto.
Y ese contexto está formado por todo aquello que hemos aprendido, vivido e interpretado.
Por eso, comprender el libre albedrío no consiste simplemente en demostrar que podemos elegir entre A y B.
La pregunta verdaderamente importante es:
¿Podemos ser conscientes de aquello que hace que A nos parezca elegible y B no?
Porque cuando vemos el proceso que ocurre antes de la elección, dejamos de considerar nuestra decisión como algo completamente inexplicable.
Podemos empezar a distinguir entre elegir y reaccionar desde un condicionamiento.
Y esa distinción cambia por completo la pregunta sobre qué significa ser libre.
Entonces, ¿qué es realmente el libre albedrío?
Si hemos llegado hasta aquí, podemos comenzar a mirar el libre albedrío desde una perspectiva diferente.
No se trata simplemente de tener varias opciones.
Tampoco se trata de hacer siempre lo que queremos.
Y mucho menos de actuar sin ninguna influencia.
Todo lo que hemos vivido participa, de alguna manera, en nuestra manera de pensar y de decidir.
Entonces, quizá la libertad no consista en no estar condicionados.
Quizá consista en poder reconocer aquello que nos condiciona.
Cuando no vemos nuestro sistema de pensamiento, reaccionamos desde él y podemos confundir esa reacción con una elección.
Cuando comenzamos a observarlo, aparece una posibilidad diferente.
Podemos cuestionar lo que antes dábamos por cierto.
Podemos reconocer una alternativa que antes no veíamos.
Podemos decidir si queremos continuar respondiendo desde el mismo lugar.
Por eso, desde esta perspectiva:
El libre albedrío comienza cuando podemos observar el sistema desde el cual estamos eligiendo.
No significa que dejemos de tener influencias.
Significa que dejamos de ser completamente inconscientes de ellas.
La libertad no consiste en elegir sin condicionamientos.
Consiste en poder reconocerlos y, desde esa comprensión, elegir.
La ilusión de ser completamente libre
Existe una paradoja.
Cuanto menos conscientes somos de aquello que condiciona nuestras decisiones, más fácilmente podemos sentir que somos completamente libres.
Si una reacción aparece automáticamente, simplemente reaccionamos.
Si una creencia determina lo que consideramos posible, simplemente actuamos desde ella.
Si un miedo descarta una posibilidad antes de que podamos considerarla, quizá ni siquiera nos demos cuenta de que esa posibilidad existía.
Y, sin embargo, podemos mirar hacia atrás y decir:
“Yo decidí.”
La decisión fue real.
La acción ocurrió.
Pero eso no significa necesariamente que hayamos sido conscientes de todo aquello que participó en ella.
Aquí aparece una diferencia fundamental:
ser quien realiza una acción no significa necesariamente ser consciente de aquello que la originó.
Podemos ser los protagonistas de nuestras decisiones y, al mismo tiempo, desconocer gran parte del proceso que las produjo.
Por eso la pregunta sobre el libre albedrío no puede limitarse a:
“¿Puedo elegir?”
Tiene que ir mucho más allá:
“¿Soy consciente de aquello desde lo que estoy eligiendo?”
Porque quizá la verdadera libertad no comienza cuando desaparecen las influencias.
Comienza cuando dejamos de ser inconscientes de ellas.
Comprender el condicionamiento no elimina nuestra responsabilidad
Reconocer que nuestras decisiones están influenciadas por experiencias, creencias, miedos y sistemas de pensamiento no significa que dejemos de ser responsables de ellas.
Significa que podemos empezar a comprenderlas.
Una reacción puede haber sido aprendida.
Una creencia puede haber sido heredada.
Un miedo puede tener un origen que ni siquiera conocemos.
Pero cuando comenzamos a observar todo esto, aparece una nueva posibilidad:
podemos hacernos responsables de aquello que hacemos con lo que hemos aprendido.
Comprender el origen de una reacción no significa justificarla.
Significa dejar de verla como algo inevitable.
Porque mientras creemos que nuestra reacción es simplemente “lo que somos”, parece que no existe ninguna alternativa.
Pero cuando comprendemos de dónde viene, podemos comenzar a preguntarnos:
¿Quiero seguir respondiendo de esta manera?
Y esa pregunta cambia nuestra relación con la decisión.
Ya no se trata de culparnos por aquello que aprendimos.
Tampoco de culpar a quienes participaron en nuestra historia.
Se trata de reconocer el sistema que hemos construido y decidir qué hacemos con él.
El condicionamiento puede explicar una elección. No tiene por qué convertirse en una excusa para todas nuestras elecciones.
Y quizá aquí encontremos una de las expresiones más profundas de la libertad:
hacernos responsables de aquello que ahora podemos comenzar a ver.
La libertad necesita consciencia
Hasta aquí hemos hablado de pensamientos, sistemas, condicionamientos y decisiones.
Pero todavía falta algo fundamental.
Podemos tener pensamientos.
Podemos observarlos.
Podemos reconocer nuestras creencias y nuestros patrones.
Podemos incluso descubrir que muchas de nuestras decisiones fueron condicionadas por aquello que aprendimos.
Pero para que exista una elección consciente tiene que existir algo capaz de observar todo ese proceso.
Algo que pueda darse cuenta de lo que está ocurriendo.
Porque mientras estamos completamente identificados con un pensamiento, no lo observamos.
Somos el pensamiento.
Cuando podemos observarlo, aparece una distancia.
Y en esa distancia podemos preguntarnos:
¿Esto que pienso es realmente lo que quiero elegir?
¿O simplemente estoy repitiendo algo que aprendí?
Esa capacidad de observar cambia nuestra relación con el pensamiento.
Ya no tenemos que obedecer automáticamente todo lo que aparece en nuestra mente.
Podemos reconocerlo.
Podemos cuestionarlo.
Podemos comprenderlo.
Y entonces podemos elegir.
La consciencia no elimina el pensamiento.
Hace posible relacionarnos con él de otra manera.
Por eso, si queremos comprender realmente el libre albedrío, tenemos que investigar algo todavía más profundo:
¿Qué es esa consciencia que puede observar nuestros propios pensamientos?